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UN PASEO POR LAS AFUERAS
Cuando a uno le mencionan el campamento corre el riesgo de limitarse a un espacio mínimo. O eso me ocurre al menos a mí. Tiendo a reducir el término a una superficie que, en el mejor de los casos, comienza en la entrada erigida sobre dos enormes troncos cruzados, en el que un letrero anuncia quiénes somos, y termina en la presa. Los otros dos puntos cardinales los delimitan el río con su tablón y el tenderete de los primeros pinos. Una visión muy escasa y realizada a bote pronto, que a menudo nos ciega y no nos deja vislumbrar más allá.
Incluso hay gente para la que el campamento no pasa de las tiendas, la campa central y el comedor. Son individuos estáticos, perezosos o parásitos que pasan las horas tumbados o sentados para comer y jugar a las cartas o al ajedrez. Y luego a la vuelta se jactan de haber visto no sé cuántas cosas. No deja de ser una opción más.
Pero todo lo dicho hasta ahora implica desaprovechar las posibilidades de un paisaje exquisito y arrinconar las vivencias acaecidas a lo largo de veinticinco años lejos de estas fronteras oficiales. Por eso quisiera emplear unas líneas en rememorar ciertos pasajes de puertas afuera.
Mi única experiencia en Mintxate merece una mención, siquiera para apuntar que una actividad tan próxima como el baño allí requería una caminata de unos tres kilómetros hasta una poza que más parecía un glaciar recién descongelado. La salida al pueblo suponía hacer catorce kilómetros entre ida y vuelta, y aseguro que Isaba es precioso pero le ofrece menos alternativas que Quintanar a un chaval de ocho años.
Centrándome en nuestro reducto de Revenga, se me agolpan decenas de rincones, personajes y anécdotas. Entre ellas hablaría del tío Mañas en La Ponderosa, de la taberna de Lupita, de los invisibles ocupantes de las tumbas, del guía (creo que belga) que nos condujo a las Calderas, o del par de alemanes que irrumpieron al amanecer en el refugio de Neila y me invitaron a desayunar chuletillas de cordero...
El apartado de los sucesos puede empezar con la estampida colectiva a la discoteca del pueblo la noche que jugaban la final del mundial 86 Alemania y Argentina (el año de la mano de Dios), a la que por cierto nunca jamás he regresado. También fue futbolera la velada en la que disfrutamos del triunfo de la Real en la Copa de Zaragoza y casi nos apagan la tele del bar y nos echan del pueblo por escándalo público. Otra caminata memorable fue el descenso desde Neila que nos dejó al pie de la carretera, con la pega de que ésta se hallaba a once kilómetros del campamento. Menos mal que pasó un autobús y lo detuve con aspavientos propios de un náufrago desesperado.
Tampoco se me olvidan las durísimas jornadas de supervivencia en las que algunos comían bastante más y mejor que en el propio campamento (yo no, y que esta aclaración sirva como agradecido homenaje a todas las cocineras que tan bien me han cuidado siempre). Imposible dejar a un lado las competiciones de salto de trampolín en las piscinas de Quintanar, ni las de a ver quién aguantaba más tiempo con el brazo metido en el nacimiento del río Arlanza en Sanza, ni las de quién comía más fresas recogidas en ese mismo entorno, un sitio en el que sólo he estado una vez (muchos no sabrán de qué hablo). Volviendo a las piscinas, también debo reseñar el extraño pasatiempo de matar con la palma tábanos apostados en la parte inferior del trampolín. El récord quedó establecido en cuarenta.
Cambiando de tercio, algunos se acordarán del día que volvimos de Quintanar al campa en autobús de línea, previo paso por Canicosa y con nuestras huellas dactilares impresas en el típico martillito que cuelga junto a las ventanillas de los autocares y sólo se deben usar en caso de emergencia. Esa tarde se utilizaron para probar si en verdad eran tan contundentes como para destrozar un cristal. Pues sí, lo son. Así que no probéis.
Pero, sobre todo, salir de la verja de la carretera sirve para ampliar horizontes y entablar comunicación con extraños. La relación con otros individuos enriquece la personalidad. Es por ello que se recuerdan con agrado las charlas mantenidas con personajes anónimos en Playa Pita (relatar las batallas navales en el lago precisa de todas las páginas de la revista), Urbión, Laguna Negra, Cañón del Río Lobos, piscina de Regumiel, monasterio de Silos y Covarrubias... Y, por supuesto, con los especímenes que se atrevían a cogernos haciendo autostop. Hoy día, con la prudencia que aporta la edad, no me explico que nos subieran a los coches a unos mangarranes con pinta de guiris cerdos sacados de los sanfermines; gracias a tan osados conductores (o aburridos por la soledad). Finalmente querría mencionar a nuestra competencia; los estrictos y espartanos boy scouts que tantos temas de conversación nos han proporcionado con su peculiar apariencia y marcialidad. El día que pasé la tarde en su campamento y me enseñaron el himno que les regía no se me borrará (la letra de la canción sí).
Y así podría seguir otros veinticinco años, pero no es plan. Me niego también a desvelar, a pesar de su morboso interés, las innumerables historias amorosas y etílicas sucedidas lejos del corazón del campa, por pertenecer a la intimidad de cada uno. Es agradable recordar pero no lo es agobiar y empiezo a rozar esa tentación. Y pienso que el objetivo de extender los recuerdos del campa mucho más allá del estereotipo está cumplido. Creo que llega el momento de quitarse el disfraz de abuelo cebolleta relatando batallitas que únicamente le interesan a él y apostar por que los que nos han relevado se esfuercen en seguir el camino y permitan que dentro de un cuarto de siglo se pueda escribir otra revista con el mismo objetivo. Si es así, me comprometo a escribir otro artículo de flash-backs.